Continuación

Cuento del administrador

Os ruego, señores, que recordéis siempre esta fábula y tengáis presente mis palabras. Jamás digáis a un hombre que otro se acostó con su esposa, pues sólo lograréis su enemistad y su odio. El gran Salomón nos aconseja frenar nuestra lengua. Como ya os dije, no soy persona instruida. Sin embargo, os repetiré lo que mi madre me enseñó: «Hijo mío -decía aquella santa mujer-, no te olvides nunca del cuervo. Domina tu lengua y de esta manera conservarás tus amigos. Una lengua viperina es peor que el mismo diablo, pues contra éste podemos hacer la señal de la cruz. Hijo mío, Dios en su infinita bondad, cercó la lengua por medio de los labios y de los dientes para que el hombre meditara antes de hablar. Dicen los muy leídos, que a menudo los hombres se pierden por hablar demasiado, pero que la discreción raras veces perjudica. Hijo mío, procura siempre refrenar tu lengua, menos cuando hables con Dios al dirigirle tus plegarias. La virtud más necesaria es hacer uso moderado de la lengua; es una cosa que desde la infancia se enseña a los niños. Hijo mío, grandes males dimanan de la locuacidad mal administrada, en aquellas ocasiones en que una o dos palabras son suficientes.

Así me lo enseñaron. ¿Conoces los efectos de una lengua imprudente? De la misma manera que una espada corta el brazo de una persona, la lengua puede separar a los amigos. Dios abomina de los charlatanes. ¡Lee a Salomón, a Séneca, los Salmos de David! Hijo mío, no pronuncies una sola palabra cuando veas que una sola inclinación de cabeza es suficiente. Permanece callado cuando oigas a un charlatán comentar un asunto peligroso. Hay un adagio flamenco (muy acertado en verdad) que dice: "A pocas palabras, poca rectificación". Hijo mío, si eres comedido en el hablar, tu lengua jamás te traicionará, pues el que es indiscreto, ya no recuerda después lo que dijo. Lo dicho, dicho está, y aunque nos arrepintamos, ya no podemos desmentirlo. Por poco inteligente que sea, el hombre conoce bien cuándo debe callar. Hijo mío, no seas nunca indiscreto y chismoso en el hablar, ni en tu conversación descubras a otros, cosas que aunque sean verdaderas, pueden perjudicar a un tercero. Donde vayas, ya te halles entre los poderosos o los humildes, domina tu lengua, acuérdate del cuervo».

CUENTOS DE CANTERBURY
G.CHAUCER