Argumento
Indudablemente que solo los compatriotas de
Dante que vivieron en su época pudieron gozar en toda plenitud la hermosura del magnífico poema. Los extranjeros que nos vemos obligados a leerle traducido, en prosa y teniendo que distraer constantemente la atención en la imprescindible consulta de centenares de notas aclaratorias, no podemos percibir más que una sombra de las bellezas de la obra inmortal. Extraordinarias son, a no dudarlo, cuando aún así nos entregan una parte de su grandeza.
"A la mitad del camino de su vida", el poeta "por haberse apartado de la recta senda, vino a extraviarse en un oscuro bosque", del cual le saca el alma de
Virgilio, que, por encargo de
Beatriz -personificación de la Teología, según muchos comentadores-, se ofrece a guiarle al lugar (el
Infierno) donde los espíritus dolientes de los condenados llaman eternamente con desesperados aullidos a la segunda muerte, y a otro lugar (el
Purgatorio) en que se sufren las llamas con alegría en espera de que llegue la ocasión de tener un puesto entre los bienaventurados; ofreciéndole que después otra alma más digna le guiará al Cielo.
Dante y
Virgilio llegan a la puerta en cuyo dintel se leía la famosa inscripción: "
Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al dolor eterno; por mí se va a la condenada raza; la Justicia animó a mi Sublime Arquitecto; me levantó la Divina Potestad, la Suprema Sabiduría y el Primer Amor (la Trinidad, según los comentadores). Antes de mí no hubo nada creado, a excepción de lo inmortal, y yo duro eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!" Cruzado el umbral, penetran ambos poetas en el lugar eternamente oscuro. Bajo un cielo sin estrellas resuenan los suspiros, quejas, blasfemias, ayes de dolor y apóstrofes iracundos de las almas de aquellos que vivieron sin alabanzas ni vituperio, que no merecieron el Cielo ni el Infierno y de las que el mundo no conserva ningún recuerdo. Están condenadas a vagar eternamente, aguijoneadas sin tregua por moscas y avispas.
Dante y
Virgilio llegan a la orilla del
Aqueronte, que cruzan en la barca de
Carón, y descienden al
primer círculo de los
nueve en que el poeta supone dividido el Infierno, al cual atribuye forma de embudo gigantesco y profundísimo. En dicho primer círculo está situado el
Limbo, bosque sombrío habitado por las almas inocentes de los que murieron sin bautizar y por las de aquellos que vivieron antes del
Cristianismo y no adoraron a
Dios como debían; allí no se oyen quejas, sino suspiros arrancados por la pena de vivir con el deseo sin esperanza; allí tiene su lugar el propio
Virgilio, y entre los compañeros de este ve
Dante a
Eneas,
César,
Homero,
Electra,
Lucrecia,
Sócrates,
Platón,
Aristóteles,
Séneca,
Tito Livio ...
En el
segundo círculo, carente de toda luz resuenan los lamentos de los
lujuriosos, condenados a vagar para siempre en tromba infernal torturados por el remordimiento. En el
tercer círculo expían sus culpas los que fueron esclavos de la
gula, metidos en fango y sufriendo una lluvia incesante y fortísima mezclada con granizo, y atormentados los oídos con los horrísonos aullidos del
Cancerbero. En el
cuarto círculo están los
pródigos y los
avarientos, condenados a chocar eternamente unos contra otros, como las olas, y a lanzarse enormes pesos con todo el esfuerzo de su cuerpo. "Por haber gastado mal y guardado mal, han perdido el
Paraíso y se ven sujetos a ese perpetuo combate."
Dante y
Virgilio llegan a la orilla de la infecta laguna
Estigia, en cuya superficie se golpean y hieren las almas de los
coléricos mientras las cenagosas aguas se ven agitadas por los suspiros de los melancólicos y descontentadizos, que penan en su fondo; atraviesan la laguna o
quinto círculo en la barca de
Flegias, que los lleva ante la puerta de la ciudad de
Dite (
Plutón); los demonios y las
Tres Furias quieren oponerse a los intrusos, pero un ángel que acude en su socorro les abre las puertas; pasan por ellas, y se ven en el
sexto círculo, donde los
heresiarcas sufren en sepulcros abiertos el tormento del fuego.
El
séptimo círculo está dividido en varios recintos: en el
primero, guardado por el
Minotauro, padecen los que ejercieron violencia contra la persona o bienes del prójimo, sumergidos en un río de sangre; en el
segundo -al que llegan atravesando el
Flegetón en la grupa del centauro
Neso- sufren los que se hicieron violencia a sí mismos, los
suicidas, convertidos a medias en árboles y malezas, y los
disipadores, perseguidos por perros feroces; en el
tercero son atormentados sobre una llanura de arenas ardientes, que recibe una constante lluvia de copos de fuego, los violentos contra Dios, contra la Naturaleza y contra la Sociedad.
Conducidos por
Gerión -imagen del fraude-, los visitantes cruzan el espacio y llegan al
octavo círculo, que es el de los
fraudulentos: hállase dividido en
diez fosas, en cada una de las cuales sufren torturas diversas los
rufianes y
seductores, los
aduladores y
cortesanos, los
simoníacos, los
adivinos -"que por haber querido ver demasiado hacia delante, ahora miran hacia atrás y siguen un camino retrógrado" -, los que traficaron con la justicia, los
hipócritas, los
ladrones, los
malos consejeros, los autores de escándalo, cismas y falsas religiones, y, por último, los
charlatanes y
falsarios, divididos en tres grupos:
usurpadores de la personalidad ajena,
monederos falsos y
calumniadores.
El gigante
Anteo deposita a los visitantes en el fondo del
noveno círculo; consiste en un lago helado en el cual se castiga en cuatro diversos recintos a otras tantas clases de traidores: en el
primero están sumergidos
Caín el fratricida y todos lo que fueron traidores a sus parientes; en el
segundo sufren igual tormento los
traidores a su patria (aquí ve
Dante al
conde Ugolino, que le cuenta su historia); en el
tercero, los
traidores a sus huéspedes y amigos, y en el
cuarto y último,
Judas y todos los traidores a sus bienhechores. El centro de este círculo final coincide con el de la
Tierra, y en él está
Lucifer o
Dite, monstruosa y descomunal figura sumergida hasta la mitad del pecho en el agua helada, y con tres caras, en la boca de una de las cuales agita sus piernas
Judas, a quien
Lucifer tiene cogida la cabeza entre los dientes.
Dante y
Virgilio se deslizan por una de las alas del monstruo, se agarran a sus velludas costillas y, de pelo en pelo, descienden, atraviesan el hielo, que no se adhiere al cuerpo de
Satanás por impedirlo la espesa vellosidad que le cubre, y por la grieta de una roca salen a la superficie de la
Tierra por sitio antípoda del que les sirvió de entrada, y contemplan de nuevo las estrellas.
Al amanecer encuentran a
Catón de Utica,
custodio del Purgatorio, quien aconseja a
Virgilio que lave el rostro de
Dante con rocío y le ciña con un cinturón de juncos de los que crecen a la orilla del mar, indicando a ambos lo que han de hacer para emprender la subida a la abrupta montaña en que están los recintos y círculos del
Purgatorio -"el monte más alto de cuantos hacia el Firmamento se elevan sobre las aguas"-. Ven deslizarse por el mar una barca llena de almas, conducida por un ángel que las deja en la orilla para que se encaminen al lugar de su purificación.
Virgilio y
Dante empiezan a marchar por áspera pendiente, observando el segundo que el sol no proyecta sobre el suelo la sombra del primero, porque solo los cuerpos interceptan los rayos luminosos, pero no las almas. Antes de ascender hasta la puerta del
Purgatorio, pasan por los parajes en que esperan la hora de penetrar en el lugar de purificación las almas de los excomulgados que murieron arrepentidos de su
contumacia, las de los
negligentes que aguardaron a la hora de la muerte para arrepentirse de sus culpas y las de los que perecieron violentamente, pero con tiempo para reconciliarse con Dios.
Como la noche se aproxima, los poetas tienen que esperar, pues no se puede subir entre tinieblas a la montaña del
Purgatorio.
Dante se duerme, y al rayar el alba tiene una visión en la cual le parece sentirse transportado por un águila gigantesca con plumas de oro a través del espacio; al despertar se encuentra en el tercer rellano de la montaña, frente a la puerta del recinto que van a visitar, siéndoles franqueada la entrada por el
ángel de la guarda.
Ascienden al
primer círculo, en que se purga el pecado de
soberbia, viendo las almas de los orgullosos y
vanidosos transportando agobiadores pesos, contraídas por el esfuerzo, como ménsulas que soportasen un techo. En el
segundo círculo las almas de los
envidiosos purgan su pecado cubiertas con ásperos cilicios, sosteniendo cada una a otra sobre la espalda, y todas con los
párpados cosidos con alambre. En el
tercer círculo expían su culpa los
coléricos, maltratándose unos a otros entre espesa y asfixiante humareda e implorando la misericordia divina. En el
cuarto círculo, los
perezosos corren unos en pos de otros sin descanso. En el
quinto círculo, los
avarientos, "cuyos ojos fijos en las cosas terrenales no miraron nunca hacia allá arriba", sufren y lloran, tendidos siempre en el suelo boca abajo.
Hallándose los poetas en este
quinto círculo, sienten temblar violentamente la montaña y oyen entonar a todas las almas el
Gloria in excelsis Deo. Siguen su marcha y aparece ante ellos la sombra del poeta
Estacio, que les explica cómo el monte se estremece cada vez que un alma purificada se mueve para subir al
Cielo, acompañándola aquellos cánticos que oyeron, y cómo su propia alma, que ahora les hablaba, era la que acababa de terminar su purificación después de haber permanecido más de quinientos años en los círculos de los
perezosos y de los
avarientos. Desde aquel momento el espíritu de
Estacio se une al de
Virgilio para acompañar a
Dante en la peregrinación. Llegan al
sexto círculo, en el que se purga el pecado de la
gula, y ven el tormento de los
glotones, cuyas almas, extenuadas de hambre y de sed, mascan el aire. En el
séptimo y último círculo presencian el suplicio de los
lujuriosos, abrasados por llamas inextinguibles.
Una vez en la cumbre de la montaña del
Purgatorio, encuéntranse los tres poetas ante la selva del Paraíso, de la cual los separa el
Leteo. Desciende
Beatriz del
Cielo, y
Virgilio desaparece.
Dante escucha las reconvenciones de
Beatriz, confiesa sus culpas y cae desmayado.
Purificado por las aguas del
Leteo, en las que es sumergido, y por las del
Eunoe, que bebe, puede ya ascender a las estrellas.
Guiado por
Beatriz, el poeta pasa del
Paraíso terrestre al celeste, entrando, sucesivamente, en los diversos cielos, que supone colocados en la
Luna,
Mercurio,
Venus, el
Sol,
Marte,
Júpiter y
Saturno; sube luego a la región del cielo estrellado, desde la cual puede dirigir la vista a la
Tierra y a los planetas; asciende aún a otra región superior, en la que le es dado contemplar el brillo cegador de la
Esencia Divina; y, por último, llega con
Beatriz al
décimo cielo o
Empíreo, donde, en visión sobrenatural, se recrea en el triunfo de los ángeles y bienaventurados y en la gloria de la
Virgen María, resplandeciente en medio de la rosa celestial, en la que
Beatriz sube a gozar del puesto que le corresponde, quedando el poeta acompañado de
San Bernardo. Por la intercesión de este, obtiene
Dante la gracia de contemplar la Humanidad unida a la Divinidad en la
Esencia Divina, con lo cual termina el soberbio poema.
En los diversos cielos,
Beatriz,
Justiniano,
Santo Tomás de Aquino,
San Buenaventura,
Salomón,
San Pedro Damián y
San Benito responden a preguntas del poeta y le aclaran dudas filosóficas y teológicas, y los apóstoles
San Pedro, y
San Juan le examinan acerca de las
Tres Virtudes Teologales.
Versificación de la Divina Comedia
En la elaboración de la
Divina Comedia,
Dante utilizó los tercetos encadenados, esto es, estrofas de tres versos endecasílabos encadenados entre sí por medio de la rima.
En el siguiente fragmento del
Canto III se puede observar la leyenda que, según
Dante, aparece en el dintel de la puerta de entrada al infierno y, además las características de versificación de la obra.
Canto III
Llega el Poeta a la puerta del Infierno, y lee sobre ella una inscripción espantosa. Entra precedido del buen maestro, y ve en el vestíbulo el castigo de los indiferentes, que pasaron la vida sin hacer nada en el mundo. Llega a la rivera de
Aqueronte, donde el infernal barquero trasiega las almas de los condenados, y allí, deslumbrado por un relámpago de fortísima luz, cae sumergido en un sopor profundo.