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Nuestro cerebro complejo abarca en su memoria un montón de vivencias que no son sino recuerdos
de hechos, objetos, personas, y emociones y sentimientos asociados a esos hechos, objetos y
personas. No sólo recordamos; también anticipamos o predecimos lo que nos puede ocurrir.
Ello es lo que nos permite trazar planes en nuestra vida y hacer proyectos. Un filósofo español,
José Ortega y Gasset
(1883-1955), ha incidido en esta característica humana: la de vivir mirando el futuro y
proyectando nuestro pasado hacia dicho futuro. Así nos construímos una historia personal o
biografía.
¿Qué es lo que unifica todo este baile de recuerdos y de
anticipaciones que tenemos continuamente? La unidad la da el "yo" de la gramática, esa
primera persona de los verbos que estudiamos cuando hacemos análisis del lenguaje. A este "yo"
los filósofos y los científicos que estudian la conducta humana lo han llamado "la mente",
"la conciencia" o "el sujeto consciente". En la historia de la filosofía, uno de los pensadores
más importantes para la caracterización de lo que llamamos conciencia fue
René Descartes
(1596-1650). El habló del "yo pienso". Dijo que lo que más definía al ser humano era ese
darse cuenta de que somos mentes individuales.
La conciencia va unida también a lo que se llama autoconciencia.
Para darse cuenta de que a uno le está ocurriendo algo, hace falta que uno se identifique como
un individuo particular con una historia. Por tanto, darse cuenta de lo que a uno le pasa y
darse cuenta de uno mismo, conciencia y autoconciencia, son dos caras de la misma moneda.
Por eso a partir de ahora utilizaremos únicamente el término "conciencia".
Los científicos que hacen
Psicología comparada
han ideado una prueba para ver qué animales pueden tener una mente o conciencia. Se trata de
saber en qué grado pueden reconocerse al mirarse en un espejo. Se le coloca un adhesivo
observable en la cabeza a un animal para después hacerle mirarse en un espejo. Los animales
que intentan quitarse el adhesivo son animales que se reconocen a sí mismos en el espejo y por
tanto dan pruebas de que tienen conciencia de ellos mismos y de lo que les pasa o les pueda
pasar. Estos experimentos han tenido éxito por ejemplo con elefantes y con primates
no humanos (como el chimpancé o el gorila).
A través de la interrelación
social con otros individuos surge lo que los filósofos llaman una
"teoría (no científica) de la mente". Este es un punto importante que debemos comentar
brevemente. Centrándonos en el caso humano, la maduración de la conciencia tiene lugar cuando
el niño se plantea los contenidos mentales de otras personas, primero de sus padres y de las
personas más próximas. Entonces aprendemos a diferenciar nuestro "yo" de otros "yo" diferentes
que piensan y sienten parecido a "mí" pero no son "yo". Es importante, por ejemplo, desde
el punto de vista de la crianza y educación de los niños que se acostumbren a mirar a los ojos
y a seguir los gestos de las personas que les rodean para poder desarrollar su propia
conciencia y autonomía. Se da el caso de niños que presentan un trastorno llamado autismo.
El autismo da lugar a problemas para entender normalmente los mensajes y gestos de los demás y dificultades importantes para expresarse. Uno de los rasgos de ese trastorno es la evitación de mirar al rostro y a los ojos de otras personas.
Una característica importantísima de la conciencia es su
intencionalidad. Decimos de un individuo consciente que "tiene intenciones", es decir,
que piensa en objetos diferenciados y actúa representándose objetivos. Obviamente, para pensar
en algo como un objetivo determinado hace falta pensarse como un sujeto diferente al objeto
representado o al objetivo que se quiere o desea. Aunque a veces atribuimos términos
intencionales a una máquina, sabemos que lo hacemos metafóricamente.
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