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El hedonismo antiguo. La ética epicúrea |
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En la Antigüedad, se distinguieron por su importancia dos
escuelas filosóficas morales que se ha convenido en calificar como "hedonistas": la
escuela cirenaica,
fundada por diversos discípulos de
Aristipo de Cirene
(435-355 a.C.), y la escuela de
Epicuro.
En este apartado, resumiremos las reflexiones acerca de la moral que este último
vertiera en sus dos principales obras: la Carta a Meneceo y las Máximas capitales .
En dichos textos, Epicuro enseña que la felicidad es el fin último de la vida y que
ella misma consiste en el placer (hedoné). "El placer es principio y culminación de
la vida feliz. Al placer, en efecto, reconocemos como el bien primero, a nosotros
connatural, de él partimos para toda elección y rechazo y a él llegamos juzgando todo
bien con la sensación como norma". Pero no todos los placeres son igualmente deseables,
ni deseables en todo momento y en cualesquiera circunstancias. Por eso, dice Epicuro, es
preciso tener un "recto conocimiento de los deseos" y de sus objetos, los placeres, para
saber a qué deseo conviene dar satisfacción en cada situación y para saber a qué tipo de
placeres hay que dar prioridad frente al resto:
"Como el placer es el bien primero y connatural,
precisamente por ello no elegimos todos los placeres, sino que hay ocasiones en que
soslayamos muchos, cuando de ellos se sigue para nosotros una molestia mayor. También
muchos dolores estimamos preferibles a los placeres cuando, tras largo tiempo de sufrirlos,
nos acompaña mayor placer. Ciertamente todo placer es un bien por su conformidad con la
naturaleza y, sin embargo, no todo placer es elegible; así como también todo dolor es
un mal, pero no todo dolor siempre ha de evitarse. Conviene juzgar todas estas cosas
con el cálculo y la consideración de lo útil y de lo inconveniente, porque en algunas
circunstancias nos servimos del bien como de un mal y, viceversa, del mal como de un
bien" (Carta a Meneceo, 129-130).
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Epicuro advierte contra sus críticos contemporáneos
que cuando habla del placer como "bien supremo" y "fin último de la vida" no se
refiere "a los placeres de los disolutos y de los que se dan en el goce" desordenado
y sin medida, sino "a la ausencia de dolor físico (aponía) y a la ausencia de turbación
en el alma (ataraxía)". Que el placer se convierta en un "bien", depende estrictamente
de la sabia elección del que actúa, de la sabiduría y la "prudencia" (phrónesis) con que
se elija uno de entre todos los comportamientos posibles. Y la sabiduría "enseña que no
es posible vivir feliz sin vivir sensata, honesta y justamente". Pues "las virtudes son
connaturales a una vida feliz, y el vivir felizmente conlleva siempre la virtud"
(Ibid, 132).
De algún modo, esta afirmación pone límite a un hedonismo
irreflexivo y simplista. Según Epicuro, "es preferible ser infeliz viviendo racionalmente,
que feliz de manera irracional". Para Epicuro, en efecto, no toda felicidad tiene el mismo
rango: la felicidad primaria y despreocupada en la que se complace el insensato no tienen
el mismo valor que la felicidad buscada reflexiva y responsablemente por el sabio.
Entre los primeros discípulos de Epicuro, destacan Metrodoro
y Colotes, ambos de Lampsaco, Hermarco de Mitilene y Polístrato, alumno del anterior. Entre
los epicúreos latinos es preciso destacar por encima de todos a Lucrecio Caro (98-54 a.C.),
autor del famoso poema filosófico De rerum natura.
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